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miércoles, 1 de septiembre de 2021

Hada con su doctora

. La facultad de medicina y las prácticas de MIR habían abierto mi mente y mi actitud. Algo que mi educación en un colegio de monjas había iniciado, no por las hermanas, claro, sino por mis pervertidas compañeras. Pero estos años universitarios con médicos y enfermeras siempre dispuestos a pasar un buen rato consiguieron ampliar mucho más mis horizontes. Han pasado unos años desde entonces pero esa actitud liberal no la he perdido nunca, más bien he tratado de cultivarla cada vez que tenía oportunidad con algún buen ejemplar. A veces si era posible con dos o más a la vez. Ahora estoy de médico de familia en un centro de salud de barrio. No ofrece tantas posibilidades pero nunca he dejado de prestar atención a las opciones que se abrían ante mí. Así han caído compañeros y compañeras, más de un paciente o familiar de buen ver e incluso uno de los camareros del bar al que voy a tomar café en los descansos, un jovencito encantador y muy complaciente. Una calurosa tarde de verano una choni entra en mi consulta. Era la última paciente del día y un bonito espectáculo por si misma. Delgadita y provocativa, minifalda vaquera muy corta, top luciendo unas tetitas pequeñas pero bonitas y que desnudaba su torneada espalda. Unas inverosímiles sandalias de plataforma elevaban ese bonito cuerpo a casi diez centímetros del suelo. Al verlas lo primero que pensé es que venía por un esguince en el tobillo. Nunca la había visto por el consultorio, me habría fijado en ese ejemplar. Acababan de pasarmela de otro médico ciertamente con más escrúpulos que yo y que no quería atenderla. Deslicé la vista desde las pintadas uñas de los pies a la lisa y preciosa melena rubia teñida y muy cuidada, recreándome en su exótica y salvaje belleza. De inmediato me di cuenta de lo que ocurría, las palabras escaparon de mí boca con una incontinencia verbal que no suele caracterizarme. - pero ¡alma cándida! ¿a que edad empezaste a tomar hormonas?. La nena tuvo el detalle de ruborizarse y a punto estuvo de salir corriendo por la misma puerta que acababa de cruzar. Desde luego que se lo impedí y avergonzada por mí actitud le pedí de inmediato disculpas por mi torpeza. - Perdóname pero me has pillado de sorpresa. Nunca se me ocurriría tratarte así. Pasa y cierra. Así estaremos más tranquilas y me cuentas lo que te preocupa. Tenía que hacerle un chequeo completo para comprobar que la alteración hormonal no había causado algún problema. Ahora que aún estábamos a tiempo de tratarlo si existiera. - Desnúdate y tiendete en la camilla, tenemos que comprobar que estés bien y ajustar el tratamiento si lo necesitaras. Para tranquilizarla mientras se libraba de su escaso atuendo y sin que yo me perdiera ni un detalle de tan bonito striptease le fui preguntando por lo que había tomado y por cómo se encontraba. Aparte del problema puntual por el que había venido ese día, una tontería de adolescente. Parecía encontrarse bien, francamente bien a primera vista. Tenía, tiene, un cuerpo precioso, delgado bien moldeado, en el que empezaban a despuntar dos pechitos que prometían llegar a ser dos hermosas tetas. La cadera se le había redondeado que le había dejado un culito respingón y firme. Tenía pinta de hacer ejercicio además del tratamiento que había empezado por su cuenta. Y que había consultado en Internet. Admito que me estaba recreando viendo ese streptease improvisado y las partes de su anatomía que iba descubriendo. Sus largos y ahusados muslos en cuanto la falda cayó, el tanguita apenas podía contener su polla aún no demasiado afectada por las hormonas. Se dejó esa prenda supongo que por un resto de timidez pero no tuve ninguna misericordia. Con un gesto le hice desprenderse hasta el último trapito. Aunque parecía bastante acojonada por la situación el rabo no parecía pensar lo mismo. Morcillón colgaba entre las piernas amenazando con ponerse firme en cualquier momento. Le, la hice tumbar en mi camilla. Empecé de un forma muy profesional con un examen detallado pero sin recrearme palpando músculos y el vientre sin encontrar ningún problema. La bata abierta descubría mi escaso atuendo y tanto como por la temperatura como con tenerla allí a mi merced, estaba pasando mucho calor. Lo que su presencia sensual no ayudaba a aliviar. Mi talla ciento diez doble d en un top escasito, aunque algo más grande que el suyo, eso sí, luciendo los pechos sin sujetador en la cálida tarde de verano. Sus ojos estaban clavados en mis tetas creo que con algo de envidia. La falda de tubo no muy larga marcaba mi voluptuosa cadera ajustada a mis muslos. No se me iban a presentar muchas oportunidades de tener un ejemplar así de bonito a mi disposición. Así que un momento después estaba mandando mentalmente el juramento Hipocratico a la mierda y pensando en cómo pasar un rato agradable las dos juntas. Empecé a preguntarle por sus relaciones sexuales. Era lógico para comprobar si tenía alguna venerea. - ¿Te has acostado con muchos chicos? ¿Eres muy promiscua? ¿Lo haces con protección? - En realidad menos de lo que me gustaría. No hay mucha gente abierta de mente que me acepte tal y como soy. Pensaba que aunque fuera por morbo algo más podría ligar, pero no. Y sí, siempre con condón. - Bueno ellos se lo pierden. A mi me pareces muy bella. Pero, ¿no eres virgen? ¿verdad? - No, he tenido experiencias, aunque no demasiadas. -Y ¿con chicas? Fui llevándola al terreno que me interesaba. Entre los toqueteos y la conversación su polla apuntaba al techo. No era muy grande, pero si bonita cabezona, con las venas marcadas, sin un pelo y a un lado, en la cadera, un pequeño tatuaje de un hada. Aproveché el momento para empezar con ella y examinarla cogiendo los huevos y palpando comprobando que estaba perfectamente sana. - Con chicas aún menos que con chicos, a todas les parezco un bicho raro. -¿Pero te gustan? - Si, aunque yo quiera ser una mujer, también me atraen. Al oír eso yo flotaba. - Yo pensaba que la gente de tu edad estaba más liberada, con menos complejos. - Algunos demasiado para mis gustos y la mayoría demasiado poco. También hay mucho salvaje por ahí que ha visto demasiado porno. Lo difícil es encontrar el término medio que me guste y a quien yo guste. - No creo que te cueste mucho viendo a lo que vas a llegar, con esa carita dulce y ese cuerpo tan femenino. Echándole cara le decía todo eso sin dejar de acariciarla y sobarla. Incluso alguna vez que me inclinaba sobre ella rozando su cuerpo con mis tetas. -¿No me pasa nada? ¿Estoy bien? - Estás estupenda, nena. Preciosa, para mí gusto una belleza, y si vas a seguir por este camino te ajustaré la medicación y te puedo dar algún consejillo más. Sonriendo, pero tímida aún, se daba cuenta que estaba flirteando con ella. Tonta del todo no era. Había echado buenos vistazos a mi generoso escote y a mis pezones marcados en la fina tela. Parecía que mi cuerpo voluptuoso no le era indiferente del todo. Y a juzgar por la dureza que había alcanzado su polla le estaba gustando la situación. Cogí su pene y lo estuve acariciando un momento para provocarla aún más. Parecía que si seguía tocándolo no tardaría en correrse y eso no es lo que quería. Bueno si se daba la ocasión me la metería en la boca y me tragaría con gusto su corrida. - Gírate, ponte boca abajo. Aproveché un rato para manosear sus duras nalgas. Era evidente que por su edad un examen de próstata era innecesario pero no iba a privarme de ello. Y eso que estaba deseando hacérselo con la legua. Calzándome un guante de látex le pregunté. - ¿Has venido limpita? Sube el culito por favor. - Creo que sí doctora, pero no estoy segura del todo. - No importa, ¿Te fías de mí? - Por supuesto, estoy en sus manos. Contestó con una bonita sonrisa que me pareció bastante lasciva. Poniéndose a cuatro patas sobre la camilla me dejó completo acceso al ano. Usando con generosidad el lubricante tanto en su culo como en el guante procedí a hacer un examen completamente innecesario y que iba a aprovechar para follar ese culito con mis dedos. En cuanto empecé a acariciar la raja se le escapó un gemido que sonó dulce y femenino. Despacio repartiendo el lubricante empecé a meter un dedo, abriendo el ano con cuidado y cariño. -¿Te duele? -¡No! para nada, se siente ¡uf! genial. Nadie me ha hecho nunca algo así. Nadie me ha hecho sentir tan bien. Con el índice y el medio le estaba llegando a la próstata. Traviesa con la otra mano sin guante le volví a acariciar la polla y llenó toda la camilla bajo su cadera de semen. La cabeza apoyada en sus antebrazos, la melena ocultando la expresión de lujuria. Pero nada pudo acallar el gemido que escapó de su boca cuando se corrió. Hubiera preferido que lo hubiera hecho en mi boca. Menos mal que había mandado a la enfermera a su casa o habría pensado muy mal de mí. O tal y como nos conocíamos las dos se hubiera apuntado a darle gusto a la muchacha. -¿Ya estás más relajada? Puedes levantarte cielo. - Estoy en la gloria. Eres maravillosa. Nadie me había hecho correr así. Salió de ella, en ese momento no hice nada. Nada más que lo que ya había hecho claro. Se giró hacia mí y me besó. Nuestros labios se juntaron suaves al principio, pero sin despegarse el beso se fue haciendo más profundo, más lascivo. Juro que fue su lengua la primera que entró en mi boca. Pero si hubiera tardado un segundo más yo le hubiera metido la mía hasta la garganta. Que fue lo que hice en ese momento. Se agarró a mis tetas como si fueran el flotador de un náufrago. Y eso que aún llevaba la camiseta. Con un grácil movimiento se deshizo de mi bata que cayó a nuestros pies. Y eso aún encaramada a la camilla. Sin separar nuestros labios consiguió bajar y quedar frente a mí. Muy cerca. Mientras hacía esa maniobra yo aproveché para soltar el cierre de mi falda que cayó al suelo. Así que además de ponérselo más fácil conseguí que la prenda no se manchara con el semen que aún goteaba de su bonita polla. El miembro iba perdiendo su dureza después del orgasmo. Esperaba recuperarla pronto. Por la forma en que me la flotaba por el pequeño tanga estando abrazadas no iba a tardar. Yo seguía agarrando su pétreo culito que me tenía hipnotizada. Ella en cambio buscaba mis pechos apretando sus duras tetitas contra ellos. No tardó nada en ayudarme a librarme del top sacándolo por mi cabeza. De inmediato se agachó a besar y lamer mis domingas. - ¡Yo quiero unas como estas!. - Las que tienes son preciosas, cielo, date tiempo. Pronto podrás operarte y ponerte algo más. Espero que elijas bien y no exageres. - Tus tetas son hermosas, espero que me ayudes a elegir la talla adecuada para mí. Conseguía contestarme sin separar los labios de mi piel, sin dejar de mordisquear suave mis pezones y continuar lamiendo de mis axilas al ombligo sin dejar de babosear todo por donde pasaba. Joven y ansiosa ahora era yo la que estaba acorralada contra la camilla. Solo tuvo que palmear la colchoneta para conseguir que me subiera. Es hábil, mientras levantaba el culo para izarme aprovechó para tirar del tanga y dejarme tan desnuda como ella. Ya me tenía en buena postura, bien abierta de piernas. Solo tenía que agacharse un poco para hacerme un cunilingus de antología. Pero quería hacerse de rogar. Empezó por mis pies, Aunque me había duchado antes de ir al trabajo debían estar algo sudados. No le daba ningún escrúpulo y se dedicó a besarlos y lamerlos un buen rato. De los dedos, todos y uno por uno, a la planta. Tenía que animarla. - Vamos nena cómemelo todo. Yo estaba loca por que me llegara al coño. Pero no por esas subía con parsimonia por mis piernas para hacerme sufrir y disfrutar a la vez. Paseaba la sin hueso por los tobillos, subiendo por las pantorrillas, escalando la cara interna de mis muslos. Cuando por fin llegó a mi vulva, me moría de impaciencia. Los labios estaba abiertos, calientes y muy muy húmedos. Y yo creía que no podía estar más cachonda. Un gemido escapó de mi garganta que no sé como no llamó la atención en el centro de salud casi vacío cuando por fin sabores mis jugos directamente de la fuente. En segundos me había corrido por primera vez. pero no fue el único orgasmo de la tarde. Siguió chupando, lamiendo y besando sin descanso. Saboreándome y recibiendo en la lengua mis jugos cada vez que me corría. No estaba yo para averiguar lo que ocurría por sus bajos. Tal y como estaba tumbada no alcanzaba a verlo, pero su joven polla se estaba recuperando rápidamente. Mirándome a los ojos entre mis muslos con la expresión más lasciva que le había visto preguntó: - ¿Quieres que te folle? - Lo estoy deseando, cariño. Méteme ya esa polla. No se hizo más de rogar. La altura de la camilla era perfecta. Se incorporó y guiando el firme miembro con la mano, el glande se fue abriendo camino entre mis labios. Firme, pero a la vez suave y con ternura. Apoyó mis piernas en su pecho, notaba la dureza de sus pezones en la parte de atrás de mis pantorrillas. Sujetando mis muslos con las manos empezó a moverse. Sin prisa, haciéndome notar cada penetración, justo como a mí me gusta, no muy deprisa. Como hacía poco que se había corrido aguantó un buen rato. Y como yo estaba muy excitada no hacía más que encadenar orgasmos uno detrás de otro. Acababa de examinarla y yo tomaba precauciones así que... - Correte dentro cielo, dámelo todo. - Estoy a punto doctora. Me contestó con su más linda carita de vicio. Sé cuando tuvo su orgasmo, cuando sus ojos se pusieron en blanco y soltó un suspiro que salió de lo más profundo de sus pulmones. No se conformó, siguió bombeado hasta que su polla quedó flácida. Y entonces se inclinó para volver a lamer mi coñito encharcado. Mis jugos mezclados con su semen que me dio a probar en un nuevo beso lascivo donde nuestras lenguas se cruzaron sin tregua. Nos quedamos un rato frente a frente acariciándonos, recuperando la respiración y besándonos con ternura. - Bueno ¿que te ha parecido esta experiencia con tu doctora? - Ha sido algo sensacional. Y espero poder repetir alguna vez más. - Cuando quieras, reina. Tienes una amiga y una médica. Y volví a besarla. Respondió a mi beso de nuevo con su lengua juguetona. Contenta por haber encontrado alguien que la comprende y a quien le gusta tal y como es. Nos vemos de vez en cuando para disfrutar juntas. Me he hecho personalmente responsable de su salud y de los cambios que ella quiere llevar a cabo, haciendo sus recetas y aconsejándola. - - .

martes, 10 de marzo de 2009

En el bar

Era un día laborable, y por ello me extrañaba más. Se había sentado en una mesa y había pasado horas allí. Al cruzar delante de ella le echaba jugosas miradas a sus larguísimos y bien torneados muslos enfundados en unas medias de rejilla de las de putón de toda la vida y que salían de una minifalda de cuero muy, muy corta. Unas sandalias con un tacón de aguja fino y largo los ahusaban aún más. Los pechos abundantes, generosos asomaban entre los botones desabrochados de su blusa blanca, casi transparente. Los pezones apenas los disimulaba el encaje del sujetador que los cubría lo justo Pues al agacharme para dejar en su mesa las consumiciones que me pedía mis ojos se deslizaban por el canal de su escote y mi otro yo reaccionaba a la forma perfecta al modo como eran sostenidas aquellas dos enormes masas. El carmín rojo fuego de sus labios los perfilaba como una herida sangrante y la lengua asomaba burlona de vez en cuando para remojarlos. La nariz un poco ancha y plana para mi gusto pero le daba personalidad a su rostro. Los ojos muy maquillados, los párpados en un tono carne daban resalte a las pupilas azules. De vez en cuando me guiñaba uno de ellos dejando caer las largas pestañas. La media melena rubia y lisa como si acabara de salir de la peluquería. Tendría como unos cuarenta y tantos años y estaba jugando conmigo. Yo me había quedado solo atendiendo el bar de mi tío, eso no era nuevo para mi. A mis todavía no cumplidos veinte años no me gustaba estudiar y para ganarme unas perrillas atendía el bar por las noches. Alguna vez mas de una chica había me dejado caer su número de teléfono o si era mas descarada me había pedido el mío. Había salido con esas chicas e incluso a veces había conseguido llevármelas a la cama, pero nunca había tenido un coqueteo tan descarado. El bar se fue vaciando pero ella no parecía querer marcharse. Hacía frío fuera pero dentro tenía la calefacción al máximo, de hecho yo solo estaba con unos vaqueros y una camisa blanca y su abrigo de pieles descansaba en una silla a su lado. Pensaba quedarme a dormir en la litera del almacén pues me tocaba abrir por la mañana. Me distraje un minuto cobrando a la última pareja que se marchaba y cuando volví a mirarla otro botón mas de su escote había caído. El sujetador blanco podía verlo perfectamente y sabiendo que la miraba descruzó las piernas lentamente abriéndolas de forma insinuante. En la confluencia de sus muslos blancos que sus medias, no pantis, descubrían pude ver el negro encaje del tanga cubriendo su pubis. Sus movimientos como los de gato lentos y deliberados, insinuantes y sinuosos, hechos para excitar para provocar. Cada músculo calculado trabajado para resaltar alguna parte de su bello cuerpo. Despacio se levantó y se acercó a mí bamboleando las caderas, sin molestarse en estirar el cuero sobre sus muslos, las medias ajustadas a ellos dejaban al descubierto parte de su piel hasta llegar a la falda. Con una voz ronca y sensual me preguntó qué me daba y yo le contesté que un beso, y o ella estaba caliente o yo había perdido la razón. Deslizó una mano sobre mi hombro, acariciadora, recorriendo mi piel hacia mi cuello y tirando de mi, me acercó a ella hasta que sus labios se posaron sobre los míos, solo un segundo después sentí su lengua abriendo mi boca para explorarla con lentitud y el resto de nuestros cuerpos hicieron contacto. Sentí los dos poderosos pechos sobre la fina tela de mi camisa y el cuero de su falda frotándose contra mis caderas donde algo que ya llevaba un rato recordándome que existía estaba reaccionando a toda máquina. Mis manos se deslizaron por su cintura sintiendo el tacto suave de la seda de su blusa, sus dedos revolviendo el corto cabello de mi nuca, un escalofrío recorrió mi cuerpo de allí hasta los pies y su otra mano en mis nalgas empezaba a apretarme fuerte contra ella. Mi lengua jugaba con la suya en un baile de saliva y deseo mientras sus carnes duras se apoyaban en mi cuerpo. No sé lo que duró aquel primer beso pero me pareció eterno. Ninguno quería separar el abrazo, solo para pasar a mayores. Mis manos se posaron en las firmes nalgas amasándolas de una forma salvaje y su falda se recogió un poco más. Déjame echar el cierre le dije entre suspiros, solo así pude lograr que me soltara. Muerto de frío volví a su lado pensando que no me iba a faltar su calor. Y así fue, entre sus brazos volvió a recibirme y sus uñas perfectas y largas trazaron surcos suaves en mi espalda. Recogí la falda un poco mas y por fin llegué a acariciar la piel suave de su culo desnudo, así fue como descubrí que no era rubia natural y lo oscuro que se me había insinuado antes entre sus muslos no eran sus bragas sino el negro vello de su pubis. Con violencia me abrió la camisa saltando algún botón y el carmín de su boca parecía un reguero de sangre recorriendo mi pecho de arriba a abajo. Me comía las tetillas, lamiendo y mordisqueando los pezones manteniéndome acorralado contra la barra. Ella llevaba la iniciativa y yo no podía ni quería hacer nada para pararla. Se agachó un poco mas para lamer mi vientre hasta llegar al ombligo y desabrocharme el cinturón. Yo también quería ver y acariciar su piel. Así que la sujeté para que volviera a besarme en la boca y pude quitarle la blusa, solo dos botones quedaban y saltaron deprisa, solo una pulsera de oro detuvo la liviana tela arremolinándola un segundo cuando terminaba de salir de sus brazos. Parecía que sus pechos firmes, grandes, generosos me miraban implorando que los liberase de la prisión de encaje en la que estaban constreñidos. Y mientras acariciaba uno de ellos por encima de la tela notando el pezón duro en mis dedos con la otra mano hice saltar el broche de su espalda. Tirando de la prenda salió sola por sus brazos estirados a los que les costaba abandonar mi cintura. Las tetas colgaban un poco, eran grandes y bronceadas como de top less o de cabina de rayos uva, las areolas oscuras y el pezón duro casi un centímetro de carne que se dejaba chupar y sorber, pasar mi lengua alrededor o los dientes suavemente. O besaba toda la piel del pecho, metiendo mi cara entre ellos apretándolos en mis mejillas sin dejar mis dedos quietos, sin dejar de recorrer la piel de su espalda o vientre. Sus manos ansiosas no paraban quietas desabrochando los vaqueros y bajándolos por mis muslos dejándome en ajustado slip con mi polla dura marcándose a través de la fina licra. Me separé de ella lo justo para sacarme los playeros los calcetines y el pantalón y de inmediato la cogí de las nalgas y la subí a la barra. Allí con la falda de cuero recogida en la cintura y recostada sobre sus codos con las piernas bien abiertas me incliné sobre el tesoro de entre sus muslos y comencé a besarlo con adoración, el bien recortado y moreno vello, los carnosos, desarrollados labios de su vulva que se abrieron al primer roce leve de mi lengua juguetona. Así pude deslizarla entre ellos en busca del preciado tesoro de su prominente clítoris o intentaba introducirla lo más posible en el pozo de su vagina y todo ello sin dejar de mover mis manos arriba y abajo por los muslos o subirlas por su vientre en busca de los globos de sus pechos pero sin acercarlas al coño húmedo reservándolo solo para mi golosa lengua y juguetones labios. Ella cual gimnasta abría cada vez mas los muslos y yo podía deslizar mi lengua un poco mas abajo hacia el canal de sus poderosas nalgas, por el perineo. Gozando y gimiendo se dio la vuelta para quedar a cuatro patas sobre la superficie de granito pulido y permitirme un cómodo acceso al ano, abriendo las grandes nalgas con mis manos me dediqué al beso negro lamiendo su raja con toda la intención y jugando con mi lengua en el agujerito estrecho, intentando introducirla lo mas posible. Parecía disfrutarlo cuando la mordisqueaba las nalgas con dulzura o bajaba lamiendo de nuevo hacia su coñito, su profundo aroma a hembra excitada inundaba las fosas de mi nariz que también rozaba su piel, su culo o se introducia todo lo posible en la vulva. Estaba consiguiendo hacerla disfrutar, parecía correrse al ritmo de mi lengua y mi polla estaba tan dura que casi me dolía. Me pidió que la bajara, que me quería en su interior. Así lo hice y acogiéndola de la mano la conduje al humilde catre del cálido almacén. Sin soltar mi mano se sentó y de inmediato cogió otra parte muy apreciada de mi persona. Sosteniendo mis huevos con una mano depositó un suave beso en el duro glande. Sacó la lengua para dedicarla al frenillo, sus ojos clavados en los míos como los de un torero mirando al tendido durante una gran faena.